logo

Capítulo 1. El nivel de activación

Pilar Guerra escribe

Lo primero que perdió entre las calles fue su nivel de concentración. Tampoco la atención había sido excesiva nunca. Se percató de esto cuando recordaba los días de estudio previos a los exámenes de la universidad, y se descubría en una esquinita de ese comedor parental, resguardadita entre cortinas. Era como si desde allí, el torbellino de ideas se quedasen parapetados entre la tela y su entretela.  Ese día, y tras la primera sesión, su tarea estaba orientada a puntuar el nivel de activación. Desde la inmersión y el buceo a su agotamiento mental, se sentía como sin vida.

“Del uno al cinco”, dijo la terapeuta.

Es potente aprender conceptos nuevos en un tratamiento psicológico. Las ideas van cobrando forma. Bajan del ascensor mental, y a medida que se van verbalizando, el lenguaje ayuda a colorearlas. Ese hilo conductor del habla se convierte en una cadena, donde cada eslabón es una palabra que por sí sola no tiene sentido y, sin embargo, cuando se agarra con fuerza a la siguiente, el oro encadenado se vuelve cada vez más brillante. Más oro. Más quilates.

No podía llegar a entender cómo había legado a este punto de puntuar sus días con una activación del uno, o del dos coma cinco. Ella, que había sido tan ella hacía tan poco tiempo…, incluso salía humo del suelo cada vez que pisaba y tan fuerte.

Sin embargo, hubo dos pilares que nunca dejó de respetar, como un himno a la supervivencia: la paciencia por el ritmo de su recuperación, y el cuidado de su momento enfermizo.

Al fin y al cabo, pensaba, “solo” era un sufrimiento por pasión, aunque bien en su fuero interno, ella sabía que tenía que haber algo más, alguna filosofía más potente que refutase su teoría.

Muchas mujeres sufren por amor antes, durante, y después del encuentro con el príncipe, a pesar de que el reflejo de ese azul real se convierta en morado en ellas. Azul, ojera de mujer, y violeta cardenal.

Las llamamos dependientes emocionales, adictas al dolor, intoxicadas ante el destello del sufrimiento.

Sin embargo, estas mujeres saben amar bien y saben distinguir. Tienen el discernimiento de lo que quieren y de lo que no. No se intoxican porque estén aburridas u ociosas. No detienen su vida por frivolidad.

Tampoco tienen una tara para elegir. Elegir, ese derecho tan obvio, no es en su caso algo que no sepan hacer.

Eligieron dentro de una paleta de pintor. Y supieron decir sí quiero a la tonalidad que más les hizo sentido. Tonalidad azul príncipe azul.

En cambio, la empatía les jugó una vez más, una doble mala pasada. Hicieron eso, empatizar, y no hubo resultado. Siguieron empalizando con la esperanza mal entendida de empatizar al otro. Una, dos, mil veces … dos mil.

Y se quedaron allí, esperando al mal milagro del cambio. 

“No se llamaba Narciso cuando me lo presentaron”, dijo en la sesión, “tenía otro nombre que apunté en la arena para no olvidarme, por el que ya han pasado mil olas, mil estrellas, y escaleras hasta el cielo. Supe elegir lo elegido, pero no pude controlar el baile.

No supo bailar. Conmigo. Se tropezaba con la obviedad de los valores más básicos, con la transparencia de las verdades más esenciales, y con la liviandad de la sonrisa eterna que se mantiene cuando te hacen reír porque palpas la serenidad diaria con las manos”.

“Entonces -preguntó la terapeuta-, ¿de qué mal te diagnostico?”

“Llámame adicta a él si quieres, contestó, porque lo fui porque le quise. Ponme la etiqueta de dependiente emocional ya que me quedé sin identidad cuando todo se rompió. Llámame intensa desmesurada por insistir en que cambiase lo que sobraba entre nosotros. Pon el título de viajera incansable por no bajarme del tren en marcha cuando el vagón tenía escape de un gas que ahogaba.”

“Creo que vienes mal diagnosticada. ¿Te hablaron del hedonismo?

No es sino la capacidad de haber deseado el disfrute vital como fundamento en tu vida. No es otra cosa que estar en la búsqueda del placer simple y natural por el mero hecho de vivir. Creo que te has comprado una talla más. Creo que la vida te está quedando grande.”

Se es capaz de empezar a saber pedir ayuda cuando tocar el fondo se tiene de bandera. Se puede llegar a la confusión de utilizar sales de baño para aderezar el pescado. Acting out de desconcentración graves, que llevan a la indefensión aprendida del individuo. Esto hace que no te reconozcas en nada de lo que haces. Y que temas moverte porque temes mover las cosas mal.

Las riendas están perdidas. 

Y entre todas estas flores, hay algo que milagrosamente resurge para que comiences de nuevo a tener una atención plena tras el hábito de dejarte llevar a la nada durante tanto tiempo.

La empatía la sigues buscando en el equivocado. Y de repente, la sintonía terapéutica se encuentra, porque ha de ser buscada sin límites hasta encontrarla. Y se encuentra. Cómo que se encuentra.

Tan solo ella tuvo anhedonia. Había perdido la capacidad de disfrutar. Su sensibilidad no le permitía digerir el daño. Atónita, sin poder comprender el funcionamiento humano.

¿Las cosas son de dos? Siempre. Sin embargo, hay alguien que provoca, que empieza el juego sucio,  y deja al otro en posición de respuesta. 

Pero hay alguien que provoca, esto es un hecho. No nos debemos olvidar de esto. Es importante.

Miedo. Soledad. Foco y motivación. Trabajo arduo. Ya lo hemos comenzado.

Y que nunca venga nadie a darte a ti lecciones,

Tú, que tienes corazones en los dedos.